Foto: Buenaventura Lakes, uno de los enclaves puertorriqueños en la región de Orlando.

Yo describo el complejo de doña Florinda como el discurso anti-asistencia pública entre algunos latinos. O sea, la actitud de “yo no soy de esos” para marcar distancia moral de los sectores sociales más desventajados, creyendo que el menosprecio hacia otros le ayudará a subir de clase social.

Encontré en Facebook a un excompañero de la universidad en Puerto Rico. Se alegró de saber de mí y compartió su número enseguida. Tenía código de área de Orlando. Me contó que llevaba veinte años viviendo en una casa móvil en Kissimmee y que trabajaba como asistente de vuelo para una línea aérea con base en Orlando y San Juan.

Le dije que yo también viví cinco años en Orlando, pero que no me fue bien y terminé mudándome a Boston hace catorce años. Hay puertorriqueños en Orlando que sienten la necesidad de validar su mudanza y cualquier experiencia negativa sobre la región la interpretan como un ataque personal.

Es cierto que Florida es más asequible en vivienda e impuestos que muchos estados del norte. Eso atrae a miles de personas todos los años. El clima también juega un papel importante. Estados como Massachusetts y Nueva York pierden población hacia lugares más baratos como Florida, Texas, Rhode Island, New Hampshire y Maine.

Sin embargo, aunque los estados del norte son caros y fríos, tienden a sostenerte cuando atraviesas una crisis. Florida funciona mientras produces, pero el estado te da una patada si caes. Massachusetts me estabilizó en uno de los momentos más difíciles de mi vida. Aquí encontré ayudas y servicios que jamás tuve en Florida.

En Florida domina mucho el discurso del mérito personal y muchos puertorriqueños lo han adoptado para encajar socialmente, aunque sobrevivan cheque a cheque. Yo veo el trabajo simplemente como una manera de ganarse la vida, no como una medida del valor humano. Hay personas que creen que la pobreza es un fracaso individual y no desigualdades del sistema.

La conversación tomó otro rumbo rápido. Mi excompañero empezó a repetir prejuicios sobre el noreste. Me dijo que Boston, Providence, Springfield, Holyoke y Filadelfia eran “guetos”. También me advirtió que no me mudara a Providence porque había demasiados latinos.

Hay latinos que asocian los vecindarios dominados por blancos con una mejor calidad de vida. Yo llevo cinco años viviendo en un pueblo dominado por blancos. Aunque es más tranquilo que donde yo vivía, rodeado de puertorriqueños, la exclusión contra otras razas es sutil. En adición, me cansé de hablar inglés para todo.

Providence no es desconocida para mí. Llevo más de una década visitándola porque está conectada con Boston por tren. Le pregunté si había visitado la región y me respondió que no, pero que su comadre vivía en Springfield.

Le expliqué que, en el norte, la palabra “gueto” tiene una carga de menosprecio racial fuerte. Se usa para denigrar a ciudades y vecindarios dominados por minorías, que antes fueron centros industriales prósperos y que colapsaron cuando las fábricas desaparecieron. Esa es la historia de Springfield, Holyoke, Hartford, Bridgeport y Filadelfia.

Boston, por otro lado, transformó su economía en una de altas credenciales. Por ejemplo: universidades, biotecnología, farmacéuticas, finanzas y salud. Es una ciudad rica, pero profundamente desigual. Los círculos sociales son cerrados y muchas oportunidades parecen reservadas para ciertos sectores. El racismo es disimulado.

Providence es un caso mixto. Tiene comunidades golpeadas por la pobreza, pero también áreas prósperas y una creciente presión de gentrificación provocada por personas que llegan desde Massachusetts huyendo del alto costo de vida.

Al final, entendí que mi excompañero no quería aprender, sino validar sus prejuicios. Le escribí para decirle que me alegraba saber de él después de tantos años, pero que nuestra comunicación no iba a funcionar y le deseaba lo mejor. Me pidió una explicación y nunca respondí porque no le debía ninguna.

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