Foto: Quico y doña Florinda
El Chavo del Ocho (1973-1980) fue una de las comedias más populares de América Latina. Uno de sus personajes más reconocibles fue doña Florinda, interpretada por Florinda Meza. Doña Florinda era una ama de casa de bajos ingresos que vivía en una vecindad humilde junto a su hijo Quico.
Sin embargo, aunque doña Florinda compartía el mismo nivel socioeconómico de sus vecinos, intentaba diferenciarse de ellos llamándolos “chusma”.
Cada vez que se frustraba con alguien de la vecindad, le decía a Quico: “Vámonos, tesoro, no te juntes con la chusma”, mientras el niño completaba la escena con un gesto exagerado de desprecio.
Según datos recientes del censo (2024), la clase alta de Puerto Rico representa apenas 2% de la población, mientras la mayor parte del país pertenece a sectores de ingresos bajos o moderados.
La riqueza real está vinculada a herencias, propiedades, inversiones, acciones en la bolsa de valores, cuentas de retiro robustas, ahorros significativos, negocios y redes sociales o profesionales que les permiten preservar y multiplicar su capital con el tiempo.
O sea, ser de clase alta va más allá del consumo visible y el dinero en efectivo. En muchos casos, incluso hasta el apellido sirve para tener acceso a la riqueza. Mucha gente rica ni siquiera necesita trabajar para mantener su nivel.
Aun así, la mayoría de los puertorriqueños aspira a imitar los valores, actitudes, estilos de vida y consumo de marcas de la clase alta como una forma simbólica de distanciarse de la pobreza, aunque eso implique endeudamiento.
La contradicción se vuelve más evidente cuando uno estudia la magnitud de las transferencias federales en la economía puertorriqueña.
Programas como Head Start, los comedores escolares, la Beca Pell no están disponibles para todo el mundo en Estados Unidos, excepto para poblaciones de ingresos bajos o moderados.
Debido a los altos niveles de pobreza de la isla, una gran parte de la población cualifica para fondos federales o se beneficia indirectamente. Incluso decenas de colegios privados reciben ayudas vinculadas a programas de nutrición escolar.
Es decir, la dependencia de fondos externos en Puerto Rico no se limita a residenciales públicos o barriadas, sino que incluye múltiples sectores sociales.
Me llama la atención la intensidad del discurso antiasistencia pública en ciertas personas, que culpan a los residentes de residenciales y barriadas por los problemas de la isla.
Muchas veces ese discurso no es otra cosa que un intento psicológico de diferenciarse de quienes están un poco más abajo, aunque solamente baste con una semana sin ingresos para que la persona que juzga caiga en crisis.
Por eso, describo el discurso antiasistencial en Puerto Rico como el complejo de doña Florinda. O sea, la necesidad de marcar distancia simbólica de la pobreza aun cuando quien juzga comparta vulnerabilidad económica similar con las personas a quienes condena.

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