No soy un puertorriqueño tradicional y no me interesa serlo. Con esto quiero decir que mi puertorriqueñidad no es emocional.

Leo la prensa de Puerto Rico todos los días, pero solamente me enfoco en los temas que salen más allá de las costas de la isla. Por ejemplo: los efectos de la legislación federal en la isla, educación, migración, economía, salud y arte. No me interesan las controversias internas ni el cacareo político.

Me defino como independentista desde un punto de vista moral. Para mí, la independencia es un derecho universal e inalienable de todos los pueblos. Sin embargo, no milito con el partidismo puertorriqueño.

En la música, disfruto por igual del tres cubano, el cuatro puertorriqueño y el acordeón dominicano. No los veo como expresiones en competencia, sino como variaciones de un mismo Caribe.

En Estados Unidos, muchas veces me defino primero como caribeño o latinoamericano y, dentro de ese marco, como puertorriqueño.

Tampoco baso mi identidad en símbolos ni por intensidad emocional, sino por los aportes de Puerto Rico a la cultura caribeña, estadounidense e internacional. Por ejemplo: Ricky Martin, Bad Bunny, Lin-Manuel Miranda, Olga Tañón, Adamari López, Gilberto Santa Rosa y muchos otros.

Ahora bien, no todo lo que forma parte de la cultura puertorriqueña me representa y no siento la obligación de que así sea. Mantengo lo que considero significativo y me distancio del resto sin generar controversia.

Donde único exhibo la bandera de Puerto Rico es en un imán grande sobre la puerta de mi nevera. Cualquiera que entre a mi casa sabe de dónde soy sin que yo tenga que anunciarlo. Mi identidad está ahí presente, pero sin espectáculo identitario.

Muchos puertorriqueños definen su identidad por lo que comen. El arroz blanco, las frituras, el mofongo y otros platos deliciosos se repiten como prueba de pertenencia. En mi caso, la diabetes me llevó a explorar cocinas internacionales con ingredientes más saludables. Mi identidad no depende de lo que pongo en el plato.

Sigo siendo tan puertorriqueño como siempre, pero no necesito sostenerlo con hábitos. La cultura no se pierde por adaptarse; se transforma. Y en mi caso, esa transformación es el resultado —en gran medida involuntario— de casi dos décadas de migración y contacto limitado con Puerto Rico.

No necesito adoptar una postura emocional colectiva para sentirme conectado. Mi vínculo con Puerto Rico es real, pero es selectivo, consciente y hasta silencioso algunas veces. Y eso me basta.

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