Foto: Camden, Nueva Jersey
Históricamente, la palabra “gueto” estuvo asociada a los barrios donde los judíos eran confinados por ley, particularmente durante el régimen de Adolf Hitler. No era simplemente pobreza, sino segregación obligatoria.
En Estados Unidos, el término evolucionó para describir barrios con pobreza concentrada, pocas oportunidades y una alta presencia de minorías raciales. En ambos casos, hoy se usa con un tono despectivo que implica superioridad moral, ignorando las condiciones estructurales que dieron origen a esos espacios.
Desde principios del siglo XX, Puerto Rico ha experimentado migraciones constantes hacia Estados Unidos, pero dos grandes éxodos han marcado esa historia.
El primer éxodo ocurrió entre 1940 y 1960, cuando la economía de la isla pasó de agraria a industrial. La nueva economía no pudo absorber toda la mano de obra desplazada y el gobierno facilitó la migración hacia ciudades industriales del norte.
La mayoría llegó a Nueva York, pero también a Filadelfia, Camden, Chicago, Springfield, Holyoke, Hartford, Bridgeport, Boston, entre otras.
La segregación racial y financiera eran legales. Los bancos imponían condiciones más duras en vecindarios racializados, limitando el acceso a vivienda y acumulación de riqueza.
En ese contexto, el migrante puertorriqueño llegó a un sistema que ya lo excluía y lo confinaba desde su llegada a los mismos barrios donde vivían los afroamericanos. A esto se sumaba la barrera del idioma.
El sistema de bienestar social se convirtió en un sostén necesario, no como señal de vagancia, sino como respuesta a un entorno desigual.
La aprobación de la Ley de Derechos Civiles de 1964 eliminó la segregación legal, pero no borró décadas de desventaja acumulada ni el racismo cotidiano.
En la década de 1970, la situación se agravó. La desindustrialización provocó el cierre de fábricas, mientras la población blanca con recursos se trasladaba a los suburbios. Las ciudades afectadas quedaron con una base contributiva débil que redujo servicios y empeoró la pobreza.
Muchos puertorriqueños y afroamericanos no pudieron escapar por falta de capital y acceso a crédito. Y así se consolidaron los barrios y ciudades que hoy se etiquetan como “guetos.” Son lugares donde la pobreza no es casual, sino el resultado de abandono y decisiones históricas.
La segunda ola migratoria masiva de puertorriqueños ha ocurrido en las últimas dos décadas. La isla ha perdido 16% de su población y el flujo migratorio continúa.
A diferencia del siglo XX, el perfil socioeconómico del migrante actual es diverso. Muchos se establecen en Florida, donde el entorno es más nuevo y menos marcado por la apariencia industrial del noreste.
Sin embargo, algunos puertorriqueños recientes se refieren con desdén a las comunidades históricas del norte, etiquetándolas como “gueto”, “vagos”, “mantenidos” o “fracasados”. Ignoran que las comunidades del norte fueron moldeadas por condiciones que no eligieron y la pobreza se perpetuó por generaciones.
Mi experiencia refleja ese contraste. Yo soy de la diáspora contemporánea. Salí de la isla en 2007. Tras vivir en Florida por cinco años, mi mudanza a Boston en 2012 cambió mi perspectiva. La vida aquí me obligó a moler vidrio y me confrontó con los aires de grandeza que yo traía por mi trasfondo académico.
Boston no permite sostener ilusiones huecas por mucho tiempo. Es una economía de alto nivel —universidades, biotecnología, finanzas, medicina, farmacéuticas, investigación— pero también una de las más caras del país. Quienes no están en esos sectores enfrentan un costo de vida que exige subsidios para mantenerse.
Aquí se entiende rápido que el éxito no depende solo del esfuerzo individual. Boston te expone a la desigualdad sin disimulo y eso se refleja en la vivienda, el acceso a oportunidades y hasta en los espacios LGBT.
Socialmente, hay filtros implícitos que te juzgan por dónde vives, a qué te dedicas, a qué círculos sociales perteneces o de dónde te graduaste. Y eso influye en el ambiente de citas.
El clasismo local no me ha impedido navegar diferentes círculos sociales, pero llega el momento en que la repetición desgasta emocionalmente, especialmente a cierta edad cuando uno quiere vivir de manera más auténtica.
Boston es diversa en las estadísticas del Censo, pero altamente estratificada y segregada. Cada grupo se mantiene dentro de su círculo, incluyendo las personas de vecindarios empobrecidos, que prefieren la solidaridad de su entorno en vez de exponerse al rechazo afuera. Y eso perpetúa la pobreza y la falta de acceso a las oportunidades.
Llamar “guetos” a las ciudades del norte es ofensivo porque sale de una superioridad basada en mérito individual.
Sin embargo, el supuesto progreso individual de quienes usan la palabra es frágil y basta con una sola semana sin ingresos para ponerlo en evidencia.

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